Bajé hasta el azul profundo
que reposaba manso en la roca de la costa,
en donde el mar comienza para perderse después,
mucho después,
en la lejanía que engulle mis temblores.
Sentía la agitada necesidad
de ahogar en los reflejos dorados del agua
mi estupidez y mi quietud insoportables,
mi pausada forma de sentir.
Sentía la irrefrenable necesidad
de correr y de embestir,
de vivir en ti fuera de mis miedos y mis temores,
de que vieras tú en mí
la misma luz que me embelesa
y se adhiere a mis pupilas pardas.
Quería esconder feliz mis errores en el bálsamo plácido,
tanto los que creo como los que me componen,
esconderme a mí,
nacer de nuevo y vivir,
volver en algún tiempo en el que pueda robar
la pasión que le dedicaste a otro y hacerla mía,
a mi justa medida,
y morir.
Y sin embargo permanezco sereno a tu marcha.
¡Tonto de mí!
Tal vez sea esperanza
de verte en algún momento volver,
de creer que, antes o después,
te desharás del lastre que arrastras
de mi imagen extraña y parca,
y fijarás en los míos tus castaños vientos,
tu mirada enérgica y trágica,
los besos lentos,
las piras de almohadas quemadas en las noches de frío invierno,
en donde abrazos tiernos hagan el papel de manta.
Las Tierras Baldías
domingo 26 de febrero de 2012
sábado 17 de diciembre de 2011
Subía, entre pesaroso y enamorado, las indolentes escaleras que, al final del camino, conducían insensibles a aquel piso mío. Allí dentro, rodeado por un salón cuadrado, en donde reposaban quietos y callados mobiliario, plantas, y cuadros, mi mente y mis ojos, y mis sentidos todos fueron a reparar en el gran ventanal que abrazaba firme la pared de la estancia y que daba a un paisaje extraño, que no recuerdo haber contemplado. Guiado por un impulso hipnótico me quedé allí, de pie y atado, mirando a través del cristal y no viendo, sin embargo, nada.
Pese a todo, creo recordar la sensación de sentir, tímida, luz procedente de afuera, como si el sol aún luciera con la normalidad de todos los días. Y sin embargo, la habitación se hallaba extrañamente envuelta en una lobreguez silenciosa, que inundaba la estancia entera. Aunque no era tanto cuestión de ausencia de luz, sino de los sentidos que embotaba y adormecía.
Conmigo se había encontrado todo el tiempo aquella muchacha joven y fresca, de naturaleza feliz y vívida, de bellos ojos rasgados y piel tersa, que en mí hacía nacer caricias. Allí se hallaba, no sé bien ahora mismo dónde, seguramente unos pasos a mis espaldas, mientras todo ocurría. Rompió suavemente el silencio, haciéndome reparar en ella y convirtiéndose, más que en una presencia, en un hecho, y dijo:
- Hoy es el último atardecer de la historia.
Primero temeroso, justo después aterrado, y finalmente conmovido, sentí la necesidad de contemplar la última belleza de la luz del día antes de sumergirse definitivamente en la oscuridad de la tiniebla. Y bajamos a ver la dulzura de los colores sobre el cielo, últimos testigos de la tibieza y de la claridad del día, de una edad que ahora moría.
jueves 16 de junio de 2011
Como un puñado de arena entre unas manos viejas, corrompidas por el tiempo, va escapándose, apocada, la luz tenue que siempre ha alumbrado esta débil determinación. Más aún cuando en el fondo de aquella maquinal voluntad se esconde la trágica y tal vez única verdad: en realidad, nunca ha existido; nunca llegó a existir. Es solo una desvergonzada ficción, una cruel sátira, una burla a la vida. Con cada año que el tiempo ha ido olvidando ha ido mostrándose un poco más, revelándose cada vez más cruel, más incompasiva y más destructora. Otorga lo justo para continuar, lo justo para permitir ser consciente de la necesidad de luchar, pero lo justo a su vez para impedirlo, para hacerlo caer de forma inmediata.
Las treguas no sirven si no para retrasar el desplome, para recrearse, eso sí, en algo de lo bello y sutil que ofrece la vida, la misma a la que se ha emulado, y tal vez por ello mismo a la vez falso. Y aún así es escaso y además frágil, efímero, pero sobre todo volátil. El descenso no espera demasiado para revivir y siempre aguarda, entreteniéndose con otras fuerzas a las que roer, esperando paciente una nueva actuación.
Como último recurso, lucho. Como última corazonada, trato de dotar, frenéticamente, de verdadera alma al aire que inhalo. Pocos granos quedan ya entre aquellas cansadas manos.
viernes 3 de junio de 2011
La luz del día
Resguardado tras la ventana veo cómo va amarilleándose el día, cómo cae un dulce polvo de estrella sobre las terrazas, arropando los rígidos ladrillos en una caricia pausada. Graciosas, las gráciles gaviotas se dejan alumbrar su vientre mientras juegan unas con otras, como niños entre los columpios de un parque al caer la tarde. Un soplo de viento fresco y frío atraviesa la ventana abierta y llena mis pies descalzos, acompañando el vuelo de uno de aquellos niños, y me pregunto si habrá sido el aleteo de sus frágiles alas el que habrá traído la brisa hasta mi ventana.
De alguna forma agradable, la quietud de la ciudad y de sus altos balcones se despereza. La rigidez que siempre respira se ve ahora un poco menos presente y, tal vez, un poco más viva. Parece que, al fin y al cabo, el hombre ha creado algo hermoso. Pero no puedo dejar de pensar que su belleza es efímera, es tardía, y que muy rara vez, cuando el sol la alumbra de melancolía, de ternura apagada, una vez al día, de verdad cobra la vida para la que una vez se levantó.
Realmente, veo marcharse el día feliz, contento de haberlo apurado, de haber podido apreciar la belleza que, huidizo, a veces despiadado, escondía. Tal vez hoy pueda conciliar el sueño sabiendo que, en algún otro momento, cuando la luz comience a ser escasa y a susurrar la luna, podré volver a ver algo sutil, algo hermoso entre la implacabilidad de la ciudad. Que sea, si no por mi misma fuerza, al menos sí por la del ocaso envejecido, que pueda yo volver a la vida.
Música por Explosions In The Sky, 'Your Hand In Mine'
jueves 2 de junio de 2011
viernes 10 de diciembre de 2010
domingo 17 de octubre de 2010
Del Gran Duende de los Sueños
Sólo a la luz suave de las tostadas nubes se camina entre los sueños. La dulce cadencia de la vida, y tal vez los caminos hacia la comodidad pasajera, sólo se abren al final del día, justo cuando la brisa fría arrastra un mar henchido de algodones lentos, de soñolientos paseos púrpuras. Sólo entonces el día es viento, y sólo entonces se transforma en diferentes pasos, en otros ojos y en otros cuadros, sin dejar de ser asimismo parte del antiguo lienzo. Pero como el Gran Duende de los Sueños, de la imaginación feliz y trágica, se olvida de sus propios mundos, me olvido yo también de los míos; me olvido yo también de los míos y vuelvo sobre mis propios pasos, dejando atrás la imponente selva que ahora habita la luna y los mundos que una vez, impotente, creé esperanzado.
miércoles 21 de julio de 2010
domingo 7 de marzo de 2010
El incendio de una rosa
Música por Bosques de mi Mente: http://www.bosquesdemimente.com
Fue un incendio en el corazón de una rosa, marchita por el melancólico vagar de las primaveras. Fue su lágrima a caer y a fundirse en un ceniciento abrazo con los labios del polvo etéreo que se sobrevenía sobre sus brazos, las brasas de aquel alarido ígneo, un sollozo de fuego que cantaba, que alababa grandes olas de suspiros, como si hubiera pasado llorando una vida entera. ¿Dónde estaban? ¿Oh Dios, dónde estaban aquellas alas? ¡Y han ido arqueadas a volar destrozadas sobre aquella figura que yace yerma de roja enlutada! ¡Y han venido a ver caer al sol en gráciles alaridos pardos sobre la tela manchada de aquella rosa insigne, otrora bella dama, enhiesto refulgir entre el campo yerto que la amamantaba! ¡Y ahora es nada! Y ahora es nada… se apaga
Cómo ha vuelto triste aquellos ojos, como si mirara, al horizonte que ahora ya la abandonaba. Caricia suave de las hadas. Dulces movimientos de una flor que aspira ahora a abrazar al suelo, que busca reposar tranquila sus pétalos dolidos sobre el áspero rostro del parterre helado. ¡Qué frío el tacto de aquel hielo mundano, qué sopor a la luz de aquel cirio errante del cielo, aquella cera ovalada, hogar de las caricias ausentes y de los llantos perdidos entre las vaharadas! Y se consumía en la llama…
¿Cómo era esa tarde dulce en la que brillaba? Dime, ¿cómo cantaba aquella melancolía que le brotaba tan viva por entre las pestañas? Y ahora tan abatida, tan cansada… sus ojos no son más que dos estrellas apagadas, perdidos en una tan honda nada que no miraba, sino volaba; marchaba lejos a tierras extrañas, a vidas más claras, a donde abrazara tiritando la lluvia fresca, y que le empapara… a donde el llanto fuera alegría y las gotas sólo melancolía que recordaran las malas vidas pasadas.
Cae despacio, bellísima corona de púrpura, como si flotaras; y duerme… duerme apacible, con esa sonrisa, como si lloraras…
Cómo ha vuelto triste aquellos ojos, como si mirara, al horizonte que ahora ya la abandonaba. Caricia suave de las hadas. Dulces movimientos de una flor que aspira ahora a abrazar al suelo, que busca reposar tranquila sus pétalos dolidos sobre el áspero rostro del parterre helado. ¡Qué frío el tacto de aquel hielo mundano, qué sopor a la luz de aquel cirio errante del cielo, aquella cera ovalada, hogar de las caricias ausentes y de los llantos perdidos entre las vaharadas! Y se consumía en la llama…
¿Cómo era esa tarde dulce en la que brillaba? Dime, ¿cómo cantaba aquella melancolía que le brotaba tan viva por entre las pestañas? Y ahora tan abatida, tan cansada… sus ojos no son más que dos estrellas apagadas, perdidos en una tan honda nada que no miraba, sino volaba; marchaba lejos a tierras extrañas, a vidas más claras, a donde abrazara tiritando la lluvia fresca, y que le empapara… a donde el llanto fuera alegría y las gotas sólo melancolía que recordaran las malas vidas pasadas.
Cae despacio, bellísima corona de púrpura, como si flotaras; y duerme… duerme apacible, con esa sonrisa, como si lloraras…
martes 16 de febrero de 2010
Mira al fondo del oscuro lienzo, sus delicados caminos de seda tintados a la manera de las pupilas. ¿Lo ves? Aquellos trazos de una lágrima esponjosa, esparcida con delicadeza sobre la blanda cama donde reposan los suspiros, casi perdida en el lago calmo donde dormitan, tristes, las estrellas. Un lago alicaído, acicalado por ese viento suave, de terciopelo, que se palpa de madrugada, cerca de la espuma de un mar en Enero. Y cada vez más oscuro, más oscuro…
jueves 21 de enero de 2010
Carrera contra la lluvia, la noche...
Una lluvia rota al adormecer del crepúsculo, corriendo sobre el asfalto, huyendo de enormes iniquidades. La respiración acelerada, la enorme presión entre los pulmones. La fría tormenta sobre las pestañas, y el abismal sobrecogimiento del miedo, del frenesí exaltado, desbordándose sobre las calles decimonónicas. Unas vaharadas después, a la luz de las constelaciones, todo es vehemente, y aún más en la perturbadora tiniebla de la lluvia, bajo los haces de agua plata que inundan las blandas cavidades del alma. En carrera sin motivos contra la noche, contra la cera derretida de los faroles, contra los muros de imponente piedra de las casas… La exaltación de los olores, su revolución violenta en la nocturnidad de la locura. Los colores adormecidos, pintados por las mentes mitológicas de los sueños, por la glauca niebla en un sinsentido noctámbulo, extraída de alguna historia mágica de alguna vertiente secreta del más perdido río.
Pero todo se desvanece con el tiempo. Tras el paroxismo de la humedad enlutada, tras la carrera fatigada, el alma de la ciudad comienza a perderse en la delicadeza de la noche, a adormecerse en su murmullo dulce y cariñoso, ante el frío que la cobija. Después todo queda como una visión, como unos acordes que ya casi has olvidado, que se entreven en la bruma de la memoria. El sueño presto lo abarca todo; cae como un susurro, con dulzura, sobre las luces que tiritan, dejando nada más que la nostalgia.
viernes 9 de octubre de 2009
Caminas por la orilla de la playa a altas horas de la tarde; mientras, las olas van avocándose en las rocas, marcando un compás cálido, en el cual vas sumergiéndote. Alrededor, todo ha ido perdiendo su viveza, su color, sólo han quedado formas humanas deshabitadas. La gente se ha tornado madera tallada, los coches materias ligeras. Sigues paseando, mirando hacia la playa, hacia el agua arrulladora.
viernes 2 de octubre de 2009
El habitante de la colina
En la colina de verdes trajes que alimenta nívea la luna, débilmente se refleja estrellado el vientre de la noche del pronto otoño en los profundos ojos de un desdichado habitante. Largo tiempo hace que llegó de las incomprensibles ciudades de los hombres; un duro camino le trajo, y allí yace, desde entonces, en la esmeralda cuna de sus antojos, escudriñando la noche, susurrando a las altas esferas del cielo, recorriendo las vastas praderas de los dioses; y al día hablando a las maderas de los árboles, sentándose delicadamente en sus ramajes, mediante el aire de su labios acariciándolos, nadando libre en la música del paisaje, en su incomparable arte exuberante. Al caer la luz del sol, cuenta su historia, apaciguaba melancólico a las gráciles nubes que entre ellas y con los cielos se trababan, y las acompañaba al lecho de éter con su luna, y las abrazaba maternalmente hasta su sueño, y las invitaba a algunas a yacer con él en su cuna, abajo, en la colina.
Y al cabo no eran aciagos para él los días. Los árboles, las aguas, las nubes, las estrellas, los animales, la entera vida de su valle le sostenía, y no eran aciagos para él los días. Lluvia celestial en su campo se cernía, las más bellas tormentas allí habitaban, la más bella luz allí penetraba; y la delicadeza de las noches, la piel húmeda de su colina, el lecho angelical de su cuna hacían para él un mundo entero, que no era conocido allá de donde venía.
A los hombres renunció, sin saber nadie su porqué, sólo que una vez los expulsó, los desterró de él, para vivir entre los sueños de las estrellas, para habitar en el corazón de las sirenas de los lagos y dormir junto a la humedad de la tierra.
Y un día, nadie recuerda cuándo, simplemente marchó, desapareció, partió de aquel valle suyo, en donde la magia crecía en la vida que le envolvía a su alrededor. Fundió, cuenta su historia, su espíritu con la tierra, para volar a lugares que nunca nadie vio, para navegar en mares en el que los hombres perderían su lógica y su razón, para ser, en fin, dueño del Universo en toda su extensión.
domingo 13 de septiembre de 2009
Vi una sonrisa en un sueño. Vi un rostro feliz; en un feliz sueño, ¿o ya no lo recuerdo? Como de alfeñique en el alba del rocío se deshizo. Mas rocío había, pero no sobre las rosas de los campos.
Hay un gran lago, en alguna parte, de aguas hermosamente transparentes, guardado por los más bellos montes de la Tierra, donde retozas como en un juego infantil, empero, no es tal. Simplemente te hundes con paciencia en él, atravesando cada vez más estratos, hasta encontrar, en el lecho de aquel mar, la suave arena con la que terminas por jugar. Y mientras ves, tras las aguas, las siluetas que pululan, que semejan fantasmas, por los caminos. Y sólo escuchas el canto de las sirenas, de los seres mitológicos que anidan allá. Un canto quebrado, un duelo amortajado. Y terminas por dormir en las laderas de aquel lecho, y te acostumbras a su humedad, a su forma de hablar. Allí es difícil volver atrás, sólo puedes nadar.
Dicen que hay un gran lago, en alguna parte. Mas yo sólo he visto estas aguas que me embotan, esta arena con la que suelo jugar, y aquellos seres con escamas con los que hablo y algunos con los que canto. No he visto, no recuerdo más.
Hay un gran lago, en alguna parte, de aguas hermosamente transparentes, guardado por los más bellos montes de la Tierra, donde retozas como en un juego infantil, empero, no es tal. Simplemente te hundes con paciencia en él, atravesando cada vez más estratos, hasta encontrar, en el lecho de aquel mar, la suave arena con la que terminas por jugar. Y mientras ves, tras las aguas, las siluetas que pululan, que semejan fantasmas, por los caminos. Y sólo escuchas el canto de las sirenas, de los seres mitológicos que anidan allá. Un canto quebrado, un duelo amortajado. Y terminas por dormir en las laderas de aquel lecho, y te acostumbras a su humedad, a su forma de hablar. Allí es difícil volver atrás, sólo puedes nadar.
Dicen que hay un gran lago, en alguna parte. Mas yo sólo he visto estas aguas que me embotan, esta arena con la que suelo jugar, y aquellos seres con escamas con los que hablo y algunos con los que canto. No he visto, no recuerdo más.
domingo 6 de septiembre de 2009
A veces tan intenso y fugaz; sólo unos días. Suficiente para apagar las bombillas marchitas pendidas de unos cables deshilachados que, si no se encuentran apagadas, adormecidas, perpetúan el resplandor irradiado del ocaso, coloreando una penumbra tenue en las paredes. Un soplido y se precipitan con la majestad de lo vetusto. No hay sonido, solo cristales como testigos.
Tenue, como el color de
los días, como la poesía del piano; tan encarnado aún así en su trasfondo, tan ardiente en sus latidos… desvaríos a intervalos, cadencia corrompida, sonambulismo diurno bosquejando flores para quemarlas al rato y hacer piras de ellas.Almohadillar los suelos, y que no hieran al caer esas augustas estrellas de los hombres; ver simplemente cernirse sobre aquel cementerio de cristales los restos de la amalgama de iridiscencias crepusculares, lentamente. Otra caída al vacío, otro susurro del viento, otro pequeño soplido.
sábado 5 de septiembre de 2009
Volaba impulsado por el vendaval de suspiros, arropado en ellos para resguardarse del frío, para que calara hondo el abismo y así aniquilar mediante el vaivén frenético de las alturas el alba y sus congéneres, ahogarlos en sollozos, siempre sedientos de agua salina. Carcomido por la miseria se despedazaba lentamente, viendo como cada trozo de su ser caía al vacío y se perdía. Alas hechas de aflicción, material tan volátil, tan poco fiable, conducían aún así hasta metas más allá de la vista, más allá de las nubes de este mundo, a una tierra extraña a la luz, donde verdaderamente es temida. Poco fiables aquellos mundos, persecutores, sin embargo, incansables depredadores de sangres tan viejas.
lunes 17 de agosto de 2009
Sweet home, Vega
¡Maldita gravedad terrestre! Aun tras ciento cincuenta milenios no acabo de acostumbrarme a ella. ¡Incluso ha comenzado a diluirse en mí la verdadera forma de lo sempiterno! La volatilidad de las cosas, su poca importancia y su pronta desaparición, la irrisoria duración de la vida en este curioso planeta han acabado dejando una especie de impronta en mi esencia, ¡y parece increíble que pueda suceder así aun pasando tan corto espacio de tiempo! Parece fácil la forma en que nos adaptamos a estos estratos de vida inferiores a la nuestra, quién lo diría.
¡Y es que apenas entiendo la forma de proceder de estos hombres-animales! ¿Son simplemente estúpidos con aires de grandeza, o son en realidad magnánimas esencias con aire de estupidez? Mientras más los analizo, más me pierdo en ellos. Hacen replantearme la suprema altivez de nuestra mente-sociedad ante el Universo. La casi comprensión del espacio-tiempo, de los viajes interestelares, de la formación de una perfecta sociedad basada en una mente global que abarca sistemas estelares, donde miles de años de este planeta objeto de estudio son un simple instante quedan sensiblemente trastornadas por esta curiosa forma de vida.
¡Pero estoy harto de estos humanos! En tan poco tiempo puede llegar uno a cansarse de ellos. Añoro aquellos paisajes de Vega, necesito volver a sentir las partícul
as de lo infinito allá, en mi hogar. Echo de menos la luz de mi verdadera estrella, Vega Alpha Lyrae, como la llaman aquí. Este maldito sol, con su crudo candor no hace más que poner enferma mi capacidad de percepción. Vuelvo a casa, Vega. Quedaos vosotros, enclenques seres mortales, hombrecillos, con lo que os pertenece en realidad, mi hogar yace lejos de aquí, a veinticinco años luz, en la Lira de las estrellas, entre el Cisne y Hércules, cerca del Dragón.------
Jaja volvemos a casa, hombrecillo :)
sábado 8 de agosto de 2009
Vaya, ¿cuándo dejaste de susurrarle a las flores? Me encantaba oírte perderte en tiernos soliloquios durante las tardes de nuestros inviernos intentando explicarles no sé qué suerte de dulces conclusiones. De cómo estaban relegadas a un plano de importancia menor del que merecían, y de la forma en que su motivo de existencia estaba ligado al de las estrellas. Adoraba esa forma inocente y bella de concebir las cosas, tan sutil como una mirada cómplice a la luz de las velas en una apacible noche de primavera. ¡Y cómo alumbrabas cada hectárea de aquellos campos con sólo una sonrisa! Era, a lo sumo, el confluir de todo el misticismo de la vida, de los misterios que entraña, de las dudas y los miedos, así como de los placeres y desahogos. Oh, ¡y ya no deambulas taciturna para perderte por las innumerables calles de la ciudad y quedarte a hablar con los pequeños pajarillos que anidan en tus dedos, adonde siempre te acompañaba para perderme contigo! Pero sé que las costumbres, al igual que las noches y el día, cambian y son caprichosas, por lo que me conformo en seguir tus caprichos, y dejar que me susurres durante las tardes, y en anidar en tus dedos para así hablarte y contarte la forma en que estás ligada a las estrellas.
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